”La paz no es algo que deseas, es algo que haces”. – Robert Fulghum
Cuentan que un joven paseaba por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontró con un comercio en cuya marquesina se leía una extraña inscripción: «Semillas de la Paz».
Al entrar, descubrió que el negocio era atendido por ángeles. Y medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó:
– ¿Qué tipo de semillas venden aquí ustedes?
– ¿Aquí? -respondió el ángel- Aquí vendemos absolutamente de todo.
– ¡Ah! -dijo asombrado el muchacho-. Entonces, quisiera llevarme el fin de todas las guerras del mundo, muchas toneladas de amor entre los seres humanos y menos indiferencia, un gran contenedor lleno de comprensión entre las familias, más tiempo para que los padres estén con sus hijos…
Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, lo interrumpió y le dijo: – Perdone usted, joven. Creo que no me expliqué bien. Aquí no vendemos frutos, sino semillas, para que las pueda sembrar y usted coseche sus frutos.
En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón; que tienes luego que regar y cultivar cuidadosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fríos, y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera, acabará floreciéndote e iluminándote el alma.
Y tú…
¿Qué semillas pedirías para mejorar el entorno que te rodea?, ¿Por qué?
Pídeselo a Dios…
“Dios nuestro,
ayúdanos en este día
a sembrar valores
con cada una
de nuestras acciones”.
Amén.