El zar y la camisa

La verdadera felicidad reside en apreciar lo que tenemos, no en lo que nos hace falta.

“Hace mucho tiempo, vivió un zar famoso por la prosperidad de su reino pero que enfermó gravemente de tristeza. Reunió junto a su lecho a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar empeoraba.


Tan desesperado estaba que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. El anuncio se propagó rápidamente y llegaron médicos, magos y curanderos de todo el mundo pero todos fracasaron.


Sin embargo, fue un viejo poeta de la corte quien aseguró: — Creo que conozco el remedio, la única medicina para su mal, señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad. — Muchos protestaron, pero nadie tenía un remedio mejor, y así, partieron emisarios en su búsqueda. Sin embargo, ocurrió que encontrar a un hombre feliz no fue fácil: aquel que tenía fama se quejaba de su falta de salud, quien tenía salud echaba en falta el dinero… Todos coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices.


Finalmente, una noche, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Los soldados del zar llegaron a una pequeña choza. A través de las ventanas se veía a un hombre que, tras un día de duro trabajo y rodeado por su familia, descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea y exclamaba: — ¡Qué bella es la vida, hijos! No puedo pedir nada más. ¡Qué feliz soy!


Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del zar. El primer ministro ordenó inmediatamente: — Traigan rápidamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrézcanle a cambio lo que pida!


Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su rey, mas, cuando llegaron, traían las manos vacías: — “el hombre feliz es tan pobre… que no tenía camisa.” Y les explicó: “La riqueza no puede comprar felicidad. La felicidad depende de cada uno de nosotros y lo que cada uno percibe es su felicidad. Disfrutar y apreciar lo que tienes ahora. Lo que hace feliz a uno no es lo que hace feliz al otro”.

Y tú…

¿En qué sustentas tu felicidad? Y ¿Por qué?

Pídeselo a Dios…

“Dios nuestro,

te agradecemos

por las bendiciones

que pones en nuestra vida,

ayúdanos a encontrar en ellas

nuestra felicidad».

Amén.

CCCXVIII
Dirección de Pastoral

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