¿Dejas tus problemas o los cargas?
“Vengan a mi todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.” – Mt 11, 28
Un comerciante contrató a un carpintero para reparar una vieja granja. Como el comerciante era de esas personas a las que les gusta hacer bien su trabajo, le preocupaba que no quedase bien, decidió pasar un día en la casa, para ver cómo iban las obras. Al final de la jornada, se dio cuenta de que el carpintero había trabajado mucho, a pesar de que había sufrido varios contratiempos (su cortadora eléctrica se estropeó y ese día su coche se descompuso), así que el empresario se ofreció para llevarle a casa.
El carpintero no habló durante todo el trayecto, visiblemente enfadado y preocupado por todos los contratiempos que había tenido a lo largo del día. Sin embargo, al llegar invitó al comerciante a conocer a su familia y a cenar, pero antes de abrir la puerta, se detuvo delante de un crucifijo, acarició el madero con su mano y se santiguó.
Cuando abrió la puerta y entró en la casa, la transformación era radical: parecía un hombre feliz. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. La cena transcurrió entre risas y una animada conversación. Al terminar la velada, el carpintero acompañó al comerciante al coche. Cuando pasaron por delante del crucifijo, éste le preguntó:
– ¿Qué tiene de especial ese crucifijo? Antes de entrar estabas enfadado y preocupado, y después de tocarlo eras otro hombre.
– Ese es el crucifijo de los problemas – le respondió el carpintero. – Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el crucifijo cada noche cuando llego a casa. Luego, en la mañana, los recojo otra vez. Lo divertido es – dijo sonriendo- que cuando salgo en la mañana a recogerlos,
de tantos que son ya no recuerdo cuáles colgué la noche anterior.
Esa noche, el comerciante aprendió una de las lecciones más valiosas de su vida. Debemos de aprender a soltar nuestras preocupaciones, a preguntarnos, ¿Puedo hacer algo? Entonces hagámoslo, pero… si ya hice todo lo que pude, tenemos que dejarlas ir.
Y tú…
¿Qué haces para no llevarte los problemas y preocupaciones a tu hogar?
Pídeselo a Dios…
Dios nuestro,
que los problemas y preocupaciones
no afecten la paz de mi hogar
y de mi corazón.
Amén.