¿Por qué te aferras?
“No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos.” – Filipenses 2,3
En medio de una noche fría, se encontraron por casualidad seis personas que estaban perdidas en una montaña, y cada una con un pedazo de leño en la mano. No había más en toda aquella región perdida en medio de las inmensas montañas. Todos estaban sentados alrededor de una pequeña fogata que ya se iba extinguiendo por falta de combustible, y el frío se hacía cada vez más insoportable.
La primera persona era una mujer, pero un resplandor de las llamas iluminó el rostro de uno de los presentes: ¡era un inmigrante negro! La mujer se dio cuenta y apretó el puño a su pedazo de leña ¿por qué gastar su leño para calentar a un vagabundo?
Otro hombre que estaba a su lado vio a uno que no era de su partido político. Nunca, jamás estaría dispuesto a gastar su pedazo de leño por un adversario político.
Una tercera persona estaba mal vestida y se retorcía un poco más en sus ropas escondiendo su pedazo de leño, y viendo a su vecino, que se notaba, era rico ¿Por qué gastar su leño para un rico ocioso?
El rico estaba sentado pensando en sus bienes, en sus dos mansiones, en sus automóviles y en sus cuentas bancarias, tenía que conservar su pedazo de leño a toda costa y no gastarlo por aquel grupo de flojos.
El rostro oscuro del inmigrante mostraba un ansia de venganza en aquella pequeña luz, apretaba fuerte su pedazo de leño, sabía bien, que todos los demás lo desprecian, quería venganza.
El último miembro de aquel grupo era un tipo amargado y desconfiado, no hacía nada sino obtenía algún beneficio a cambio, “dar solo a quien da”, era su frase favorita.
Los encontraron así, con los pedazos de leño apretados en sus manos, inmóviles ¡congelados!
Y tú…
¿Qué hubieras hecho de estar en un lugar así y con un leño en la mano?
Pídeselo a Dios…
Dios nuestro,
que ante la indiferencia
no nos aferremos al egoísmo
sino que sepamos compartir
la luz que da vida.
Amén.