“Mi vida es un instante, una efímera hora, momento que se evade y que huye veloz.” – Santa Teresita de Lisieux
Un día un joven estaba caminando cuando descubrió un centavo de cobre brillando en el polvo. Lo recogió y lo sostuvo con entusiasmo.
¡El centavo era suyo y no le había costado nada!
Desde ese día donde quiera que caminaba, mantenía agachada la cabeza, sus ojos inspeccionando atentamente el suelo en busca de más centavos, y quizá otros tesoros aún mayores.
Durante su vida, por supuesto, encontró más dinero. En realidad, recogió 302 centavos, 24 monedas de 5 centavos, 8 de veinticinco centavos, 3 monedas de medio dólar y un gastado dólar de papel; un total de $12.82 dólares.
Mantuvo en un lugar seguro su tesoro, protegiéndolo como una “herencia gratis” de riqueza. Se gozaba con el hecho de que ese dinero no le había costado nada. ¿O sí le había costado?…
Durante la búsqueda de su tesoro perdió de ver la plena belleza de 35,127 puestas de sol, el esplendor de 327 arcoíris, la hermosura de cientos de nubes flotando por encima de su cabeza en un cielo de cristal azul, pájaros volando a gran altura, ardillas saltando en los árboles de rama en rama por encima de los senderos que transitaba y el brillo de las hojas de otoño danzando contra un fondo de sol otoñal.
Lo que obtuvo, 12.82 dólares, no fue igual a lo que perdió.
En ocasiones, nos ocurre lo mismo, nos preocupamos demasiado por las cosas materiales, que perdemos de vista el apreciar la belleza de la vida misma.
Y tú…
¿Cuáles son las riquezas con las que vives actualmente?
Pídeselo a Dios…
Dios nuestro,
cuando las preocupaciones nos desgasten,
recuérdanos que
nuestra mayor riqueza eres Tú.
Amén.